
La confesión de una rosa
Me dejaste marchar, nunca me he ido
me apartó tu soledad y tu ineficacia al amar;
amar no es construir castillos en el aire sin sentido
amar es entregarlo todo sin tener que preguntar...
No finjo que te pienso ni que te olvido,
estás en mi memoria como la espina está en el rosal;
si te defraudé cuando buscaste gloria, pecado inmerecido...
Tú me defraudaste al soltar tu antifaz...
Quedarás para siempre en mis cinco sentidos
pues quedaste atrapado en cada célula mortal
y desaparecerás de mí cuando el tiempo vivido
llegue a fin de término o un milagro te logre borrar...
Mas ya no pediré de ti ni explicación ni asilo,
ya no velaré por tus besos o tu forma de amar;
y aunque recordaré por siempre el daño infligido
juro que jamás un reclamo volverás a escuchar
El tiempo de sueños parece ya obsceno,
parece pecado que me atreva yo a amar;
más sin embargo el mundo es pequeño
y otras ofertas llegan perturbando mi paz
Pero esta rosa está manchada con miedo
miedo amargo, que es veneno del mal...
pues al amarte tanto y no siendo sincero
deshojaste mis sueños, y derramaste mi sal
La suerte está echada, no queda remedio...
Habré de amarte en el cuerpo de otro mortal
negándome a mí misma el acto reflejo
de exclamar tu nombre cuando entre sus brazos me haga estallar.
y fingiré un te quiero, y lo haré sentir inmenso
pero nunca, nunca lo podré yo amar
pues el amor en mi alma ha marchado por necio
y se niega a intentarlo, por miedo, una vez más
Elizabeth Urribarrí
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